EUROPA NOSTRA

F. Garrido • 21 de noviembre de 2024

EUROPA NOSTRA


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© Fernando Garrido, 21, XI, 2024


Un antiguo mito griego relataba como una bella princesa fenicia, llamada Europa, fue raptada por Júpiter, el jefe de los dioses, usando como treta el travestirse de toro, manso y amoroso, como de peluche. La argucia le salió a pedir de boca, pues consumó su libidinoso deseo.

Hoy Europa, tras eras míticas, derogada la razón, vuelve al mito.

Empezando cada mañanita con el puñetero tapón de la leche; a ver quién es el guapo de no tenérselas con esa rosquita del demonio que está metido en la nevera y en cada rincón de nuestras casas, ciudades y países para ofrecer el gran festín a las hienas con sede en Bruselas.

Porque si en España sufrimos a una banda de ellas, Europa es modelo y multiplicación del bestiario a escala supranacional. Con ejemplares tan violentamente estéticos como la cigarra Teresa, que ayer comparecía en Madrid en modo rata chillona, para defender sus europeos 30.000 euros, más comisiones y gabelas que se llevará a casa cada mes, a costa de grojear como una burraca las aleluyas del mítico progreso europeo hacia la felicidad en la pobreza sostenible. Es la transformación del Estado Nación hacia la Cosa Estado, de donde emerge a su vez la Cosa Europa o la Europa Nostra.

Lo cierto es que el anheloso invento de Europa unida, surgió con la fuerza de la razón, tras las dos grandes guerras, como un remedio contra aquello que las provocó: una Alemania nacional socialista que quería quedársela y una Rusia internacional bolchevique que también, a fin de extender sus modelos de esclavitud absoluta y totalitaria. Ambas cuestiones quedaron mal zanjadas con una tapia coronada de espinos. Ahí radica la gran estafa del mito europeo de las naciones, cuyo berlinés muro no fue derribado de veras sino troceado y exportado como cascotes de souvernir a cada nación desde donde, muy activos, operan replicados.


Así que, andando el tiempo es precisamente Europa no el antídoto racional sino el mito y la propia enfermedad que la creó. Europa es hoy la coartada de proyectos perversos, disfrazados de democracia, en que la lucrativa élite política juega a dados con los elementos, a costa de nuestras vidas narradas dentro de una epopeya climática de obligado cumplimiento y, por tanto, con taquillazo asegurado.


Por cierto, en el viejo mito, Europa engendró a tres hijos de Júpiter, y este la regaló en compensación tres valiosos instrumentos.

Uno era un guardián autómata y gigante de bronce llamado Talos, del que cuentan que si descubría a algún extranjero tratando de penetrar en su territorio, se calentaba al rojo vivo y lo abrazaba hasta su calcinación.

¡Qué majete!

El segundo regalo fue Lélape, un perro cazador y muy veloz que cuando atrapaba a su presa nunca la soltaba.

¡Qué perruna perseverancia!

Y el tercero, una jabalina que siempre, siempre, daba en el blanco.

Pero hoy Europa, sin amor, sin hijos ni guardián, sin galgo ni venablo, es un guiso que si lo oyes nombrar te echas mano a la cartera. No queda otra. Porque uno siempre ha de temerse lo peor.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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