LA CLASE 2030

F. Garrido • 25 de febrero de 2024

LA CLASE 2030


© Fernando Garrido, 25, II, 2024


Titos, Koldos y Roldanes, Guerras, Chaves y Griñanes, Bonos, Marlaskas y Garzones, son solo una lista de nombres vinculados a la corrupción sistémica de una izquierda que nunca comete malos actos, sino que investidos de un caché moral que todo lo cura, desconocen haber delinquido, en cuyo caso son buenas intenciones en beneficio social lo que les impulsó a ello, aunque el daño colateral sea –inevitablemente- enriquecerse sin medida, eso sí, con premios a veces muy repartidos entre los propios.

Es cierto que a su diestra también la corrupción tiene acomodo y menos reparto. Comparativamente no sabría anotar cuál de las dos extremidades va por delante, pero sí la que saca más pecho de su "ontológica naturaleza virginal". En esa industria de falsificación propagandista es sin duda la izquierda clarísima vencedora.

Tras cada impuestazo, cada ley, cada derecho, contingencia o necesidad hay pasta, mucha pasta, que es el motivo que impulsa en última instancia la actividad política, fiscal, normativa e ideológica. Un dinero que pone aquel ciudadano cualquiera que algo tenga, sean bienes, rentas o el mero producto tangible o potencial de su trabajo.




O sea, la clase media, cuya ascensión fue el gran logro en España desde la época del desarrollismo en el viejo régimen y hasta el gobierno liberal de Aznar, que hoy discurre en un proceso inverso de intervencionismo ilimitado en que el estado crece a costa –no puede ser de otro modo- de esas clases medias que van perdiendo su identidad, poder adquisitivo, bienestar y horizontes de libertad y progreso. El panorama es desolador y no parece tener un punto de inflexión a medio plazo, ni quizás tampoco a largo y quien sabe...

El gasto público (enorme) redistributivo es uno de los trampantojos retóricos contenidos en ese volumen que oculta, en literatura de bolsillo, el verdadero propósito que es el advenimiento del estado total, es decir, nada, ninguna esfera o actividad humana, individual ni colectiva, fuera del estricto control político burocrático.

La capacidad tecnológica digital y la inteligencia artificial -que ya se nos vino encima- son las herramientas que en manos del poder permite ejercerlo de la manera más irresistible y poderosa jamás conocida, fuera del control de los tradicionales mecanismos formales que nos protegían de su natural tendencia a la continuidad, concentración y plenitud.




De ese modo el sistema democrático representativo se reinventa oligárquico, otorgándose la élite política oracular una autoridad moral de interpretación plenipotenciaria, arbitraria y paternal, para actuar impune en nombre de la voluntad soberana de un pueblo que no elige un programa concreto pactado con él, sino una marca o autor que promete un determinado tipo de felicidad ideológica, cuyo valor de referencia está basado en un discurso mítico-científico abierto, en continua rescritura con argumentos proteicos, condicionado a arrostrar a falsos dioses y fuerzas sobrehumanas, explicativas de la tragedia que experimente la vida cotidiana de cada cual.



Hoy esa gran epopeya paradójica, que imprime carácter y determina el gran drama humano en curso, se llama “2030”. Un best seller distópico de lectura obligatoria para el Hombre que, con fecha de caducidad agendada, ha de volver a un ideal estado de naturaleza, pobre e inocente, a fin de ser reseteado y redimido del gran pecado que constituye su evolución antropológica racional en el discurrir histórico. Un relato que compremos, lo leamos o no, estamos todos, como sociedad uniforme 2030, sometidos a costear los delirios a sus autores, traductores, anotadores, divulgadores y demás comentaristas.




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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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