LA POLÍTICA YONQUI

F. Garrido • 26 de septiembre de 2024

LA POLÍTICA YONQUI



© Fernando Garrido, 26, IX, 2024


Es desesperante no encontrar las cosas en su lugar, en su sitio apropiado. Los cubiertos en su cajón, las camisas planchadas en el armario, el rollo de papel junto al inodoro, el paraguas cerca de la puerta, el reloj en la mesilla, el mando a la vista delante del televisor, el dinero guardado en la cartera…

El orden en lo cotidiano es una buena costumbre porque nos hace la vida más cómoda, y ¡cuesta tan poco el ponerlo en práctica! Sin embargo, la ausencia de orden, bien lo sabemos, conlleva un caos vital que nos desorienta e impide encontrar el oremus.



Pero vivimos una época invertida donde todo muda de lugar, incluso hacia sus opuestos. Y no porque el desorden se haya convertido en norma y costumbre deja de irritar al sentido común informado.

En el ámbito doméstico allá cada uno con lo suyo. No así en el espacio público, porque ahí el orden no depende estrictamente de cada cual, sino que es responsabilidad de quienes se ofrecieron y fueron elegidos para eso mismo.

En cada ciudad, es evidente, existen calles, plazas, jardines, paseos e incluso espacios aún sin definir que ni son lo uno ni lo otro. Ahora bien, no entender ni respetar su función orgánica en el conjunto urbano, forma parte de ese maligno espíritu  invertido, que convierte a cada cosa en su distinta y contraria.



Así, en un Burgos "posmoderno", no es extraño encontrar reales plazas trocadas en almacenes de mobiliario y exclusivos bungalós por el día, desplegados en cenáculos por la tarde y salas de fiesta de noche.

O, paseos históricos, pongamos por caso el Espolón (P.º Marceliano Santamaría), que otrora fuese orgullo y delicia para el gratuito, bucólico, tranquilo y ameno deleite ciudadano, hoy invadido por todo tipo de artefactos, vallas, tablaos, fragonetas, tenderetes, mercaderes, chiripitifláuticos y farándulas que impiden ejercer, la mayor parte del año, su auténtica, simple y maravillosa función como paseo. Aparte, queda el estropicio que causa en sus estructuras y dotaciones ese estrés multifuncional impropio para el que no fue proyectado ni está preparado.



Como se llega a esto. Lo explicaré. Aquellos que –insensatamente- gestionan la cosa pública sienten la urgente necesidad de estar en un no parar por demostrar el hacer cosas para el pueblo -según dicen-, aunque no sean las verdaderamente importantes ni las que se les demanda.

Disponen para ello de una gran cantidad de recursos porque ya se los detraen abusivamente al ciudadano -a espuertas- en forma de mil tasas e impuestos.

Y, piensan: “como paga el vulgo, es justo hablarle en necio para darle gusto”, siguiendo a pies juntillas esa lógica del aplauso fácil, prescrita hace cinco siglos por el genial y prolífico Lope de Vega. Pero mal entendida o quizás no tanto, porque aquello era en verdad puro teatro.



No obstante, el “Fénix”, poseía un extraordinario talento para lo suyo, cosa extraña – ya lo vemos- en el (mal) gobernante de ayer u hoy, al cual, esa carencia de criterio, dotes e inteligencia política, le impele, quizás, a hacerse perdonar y justificar su fútil currículo e inmerecido cursus honorum de pane lucrando, desplegando toda suerte de nuevas comedias para trocar al ciudadano en un estúpido yonqui de panem et circenses.



Un desenfrenado afán por llenar de ruido los silencios, por saturar los colores con estridencias, por retorcer las formas hasta el umbral de lo grotesco, por rebosar el vaso con dionisíacos excesos, por confundir la poesía con el berrido, y, en fin, por pervertir los géneros, los tiempos y los números hacia una metafísica de la nada.

 


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