LOS CUATRO ESTADOS DEL APOCALIPSIS

F. Garrido • 20 de marzo de 2025

LOS CUATRO ESTADOS DEL APOCALIPSIS


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© Fernando Garrido, 20, III, 2025


Banca Estado, Páter Estado, Casino Estado, Fratello Estado: Estado-Total.


El dinero fue una creación privada, un instrumento de cambio entre particulares libres que andando el tiempo pasó a ser intervenido por los estados que, siendo órganos improductivos, su función debería ser la de mero garante o notario de que se cumpla lo pactado entre partes, sin embargo, se erigió en banquero y emisor de moneda, quedando sujeta a su capricho e intereses.

Pero aquel dinero aún tenía un respaldo material basado en un patrón o valor concreto como el oro, hasta que en el pasado siglo la Banca Estado decidió que no tenía por qué disponer de esa garantía material, sino que bastaba con ofrecer confianza.

Desde entonces nadie, ni los economistas saben que es el dinero, más allá de un espéculo con anotaciones contables y papel tintado en rotativa o remaches de herrería en tosco metal.

Cromos y chapas, como aquellos con que jugaban los niños analógicos, que circulan en una ficción basada en una confianza obligatoria que sus poseedores han de prestar a los bancos centrales de los Páter Estados y sus gobiernos, que se arrogaron la potestad de crear dinero de la nada conforme a sus necesidades.

Es decir, el estado saqueó e hizo saltar la banca convirtiéndose en el mayor y más grande, irresistible y solemne estafador de la historia, en cuyo Casino Estado las cartas van marcadas y las fichas sólo pueden ser canjeadas por otras semejantes, pero con menos valor de cambio hacia la nada.

La hacienda y el endeudamiento público, junto a la devaluación y su pariente la inflación son algunas de las armas de destrucción masiva de valor que ha inventado la delincuencia de guante gubernamental, ya sea nacional o supranacional, para descerrajar las cajas de caudales y quedárselo todo.

Este es a grandes rasgos el terrible panorama económico monetario que nos ha tocado vivir, cuya sima está aún por llegar, pues la falsedad conceptual que ya el dinero es, alcanzará su apoteosis haciendo desaparecer por completo las fichas que quedan en el tablero, es decir, derogando la validez del llamado dinero en efectivo.

Con ello se verá realizado el gran sueño y aspiración de los socialismos, neofascistas o neomarxistas, que ahora se apresuran a llevarlo a cabo mediante la moneda, dinero o capital digital, la nueva entelequia tecnoelectrónica creada sobre la vieja ficción, para devenir en el gran golpe final y definitivo contra la propiedad y la libertad. Un dinero que aparecerá o desaparecerá a un clic, por electroshock y arte del birle y birlibirloque. Un ectoplasma digital residente en el olimpo de la Inteligencia Artificial en manos del gran Fratello Estado, que son los ojos que todo lo ven, todo lo saben y todo lo pueden intervenir y controlar.

Así, cuando la propiedad pase a ser totalmente digital, nuestra vida y libertad también lo serán, encadenados a una existencia de cifras torturadas, estadísticas y algoritmos que no son tú, que no te pertenecen porque son un otro Yo virtual creado por el Estado Total, semejante a sus necesidades que, en el ceremonial de la confusión llamado interés general, viene a dar finiquito a la ya casi extinta democracia liberal, suplantada por un sistema político para un nuevo hombre dígito.

Lo que venga después…, lo llamen como lo llamen…, ni en los peores sueños…


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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