SOLOS SE QUEDAN

F. Garrido • 1 de octubre de 2023

SOLOS SE QUEDAN

Minirrelato


© Fernando Garrido, septiembre 2023

 

La excavación había concluido. Una brisa húmeda y fresca pero apenas perceptible señalaba el inicio del final del estío. El equipo limpiaba meticulosamente el instrumental para guardarlo hasta la próxima campaña.

Habían sido días tórridos e intensos, siempre emocionantes. Las expectativas prácticamente colmadas. No obstante, el afán por conocer aún más allá dejaba un halo de insatisfacción, un picor, un prurito que es la maldición cuasi patológica del investigador insaciable.

Por lo demás, ahora el trabajo continuaba en el laboratorio universitario con los materiales obtenidos. Días para la identificación, clasificación, interpretación, redacción…, siempre girando en torno a las preguntas gigantes y eternas: quiénes, qué, cuándo y porqué de un tiempo histórico que había pertenecido a unos hombres que debían ser conocidos y recordados, no como héroes, no como mitos lejanos, no como idealizados espectros del pasado, sino como una realidad humana en la memoria colectiva que ha de perdurar.


Mientras guardaban en la furgoneta los últimos enseres antes de partir, dio una mirada panorámica de despedida a aquel lugar que había sido su lectura de verano. Ese libro misterioso, con capítulos aún por leer para el año siguiente, de toscas hojas de duro y seco barro, escrito con caracteres de material antropológico.

Estratos o páginas que quedaban arrancadas de su mudo existir en el terreno donde yacen, para nutrir el conocimiento y legado universal de una civilización occidental, europea, hoy decadente, cuyo presente y futuro se nos anuncia incierto, excéntrico y tal vez retrospectivo en ese ciclo bíblico que, hermético, amenaza en vanidad de vanidades bajo un mismo sol.

Por unos instantes una calma queda sobrevino melancólica, susurrando desde el silencio hacia el alma estremecedores versos castellanos. Romántica rima de aquel Bécquer sevillano y ancestros germanos:

“La piqueta al hombro, el sepulturero, cantando entre dientes se perdió a lo lejos. La noche se entraba, el sol se había puesto; perdido en las sombras yo pensé un momento: ¡Dios mío! qué solos se quedan los muertos, qué solos se quedan los muertos”.

Y el arqueólogo, muy triste, dijo para sí: ¡qué solos se nos quedan sus restos!…


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