VENUS SANTO

F. Garrido • 18 de abril de 2025

VENUS SANTO


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© Fernando Garrido, 18, IV, 2025

 

Así como fuese el domingo el día del dómine con aquellos excesos festivos de palmas a ramos, tras la Luna un Marte, después un Mercurio y luego de Júpiter llega este fatal Venus del alba, previo a Saturno mañana, ese Sabbat judío en que escrito queda: nada ha de hacerse ni suceder.

Hoy es ese venus, Viernes Santo, de carracas y tostones, de cruces y faroles, de inciensos y penitentes con agudos rasgacielos… La banda de música cierra el cortejo procesional y enmudece de repente porque irrumpe desde un balcón esa voz que se arranca desgarrada en saetas con lamentos.



Por las calles de España mecen a Mesías esculpidos, semidesnudos, musculados, claveteados y alanceados; Madonas vestidas de oscuros terciopelos, enjoyadas con puñales y lagrimando minerales; Verónicas con retratos de un rostro ensangrentado; romanos con cascos y venablos, guardias civiles de gala y a caballo, los legionarios con el cristo tatuado; monaguillos haciendo el paseíllo, el páter entre dientes tararea un miserere; el gobernador y su bastón desfilan con solemne garbo, le siguen un alcalde, ediles y gentiles petimetres, todos muy enhiestos, graves y estirados.



Las gentes se agolpan, apretujan y arrejuntan en la orilla de las calles que en su cálido abrir primaveral se encojen con las muchedumbres que ávidas concurren a presenciar este abril procesional.

Un niño tiene un globo atado de un cordel, y de la mano se le escapa al paso de la urna de cristal donde yace el hombre Cristo del sudario. El nene no comprende. La madre se santigua y el padre da un empujoncito a esa gruesa señora que con los codos se les mete por delante. Las gotas de cirio caen sobre el calzado que estrenaron el Domingo de Ramos.



Un encapuchado con guante blanco se tira de la chapa plateada que lleva al pecho, sobre el paño morado que cuelga de su tieso capirote y les saluda con un leve movimiento. Los óculos de la máscara brillan por dentro; lleva gafas. Quién será. Es Antonio el de la verdulería de la plaza.

Tras lozanos geranios de ventana, la señora Patro siembra el vacío con pétalos de rosas que danzando caen como copos de roja nieve sobre el tembloroso palio de la angustiada Dolorosa que, por no cesar su llanto, extiende su manto siete metros tras el paso.


Se escuchan rudas tamborradas latiendo en el pecho. La procesión les pasa cerca y la pasión les va por dentro. Una jovencísima pareja tras la tapia de un jardín se abraza.

¡Qué nadie nos vea!

Él tiene 18. En verano, ella los 16. Se muerden, se aprietan, se soban y por vez primera se aman.



De vuelta a casa ella despacha con la almohada; no sabe si arrepentirse porque quizás lo que ha de venirle no venga mañana. Una culpable incertidumbre la persigue y acompaña. “La donna e móvile” canta al viento el tenor de Mantua…



Para su amante redoblan tambores de sanedrines, columnas, picotas y Pilatos. Será juzgado y sin presunciones condenado por esos amores ahora negados, aunque ayer fuesen tan consentidos como deseados y apasionados.

Qué ha sucedido.

Qué ha sido de aquella jubilosa y encendida Jerusalén, hoy voluble, traidora e ingrata.



Mas… ¡Si ya no era pecado el cantar, besarse y amarse ni siquiera en Viernes Santo!...


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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