¿DEMOCRACIA, CRISTIANA?

F. Garrido • 17 de agosto de 2025

¿DEMOCRACIA, CRISTIANA?


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© Fernando Garrido, 17, VIII, 2025


Vivimos jornadas bochornosas, es verdad, nadie lo niega, al menos desde que ese gran fenómeno universal fuese anunciado en la antigua Grecia por un avispado señor llamado Heráclito, “el oscuro adivinador de Éfeso”, que nos lo dijo a su estilo: “Todo cambia, nada permanece”. Algo tan obvio que no sé cómo se hizo famoso con tamaña simpleza, que es como contarnos que el agua moja, el fuego quema y el gobierno miente. Sobre esto último fue otro greco, Demócrito, el que vino a contarnos que "todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa".

Pero no crean que Demócrito, a quien Lenin consideró el más brillante precursor del materialismo marxista, era, aunque su nombre pueda asociarse, un democristiano. Eso ya hubiese sido la repera, dado que entonces aún faltaban cinco siglos para que Cristo fuese alumbrado en Belén y veinte más para que alguien tuviese la idea de acuñar semejante término para señalar algo tan bobo, impreciso y voluble como lo es la “democracia cristiana” o, dicho de otro modo, aquella facción política que operando bajo varios presupuestos ideológicos del marxismo dice no comulgar con el socialismo. ¿Alguien lo entiende? Es difícil, ya lo creo.

Los unos hablan de justicia social y los otros de doctrina social, que viene a ser casi una misma cosa. Me explico: doctrina y justicia, aplicadas al roll social, dan como resultado el socialismo puro y duro, es decir, el utópico en la primera pantalla y el científico en la segunda. Esquemas que hoy constituyen la dialéctica partidaria en que se ven atrapadas las democracias mal llamadas liberales, puesto que poco o nada de esto les va quedando: ni de democracia ni de liberal. Ahora bien, aquello que se dio en llamar cesaropapismo sí va cobrando fuerza como opio sucedáneo o metadona para el pueblo, en una democracia que pretende ser religión. Así, la Iglesia, desde Bergoglio, lo ha entendido, y a pillar su trozo de tarta va.

En España, por ejemplo, suceden cosas muy extrañas, pues su río doctrinal algo raro lleva. Hace unos días, un estúpido y provinciano prelado de la Tarraconense, significado por su simpatía hacia la cateta golfería independentista condal norte-aragonesa, ha entrado en confrontación pro-islámica con el partido político al que, sin duda, puede considerarse el más claro defensor de los valores tradicionales de los creyentes católicos y alineado con la opinión mayoritariamente contraria a las indiscriminadas olas islámicas ilegales, que amenazan ciertamente los principios fundamentales de nuestra civilización hispano romana, occidental.

Es cuando menos difícil que, el tal monseñor, Juan Planillas, desconociendo el valor de la palabra "xenofobia" pueda reconocerse a sí mismo como tal y diga con ánimo de ofender a la inteligencia que, "Un xenófobo no puede ser un verdadero cristiano". Él, por tanto, deduzco que es un falso cristiano de relajada moral que permite, entre otras impudicias, exhibir símbolos xenófobos antiespañoles y golpistas en sus sedes. Así que, según lo que ha expresado, tampoco es él un verdadero obispo, digo yo. Aunque sí le reconocemos como “persona humana” que es otra de entre sus magníficas e indigestas tontadas.

Este Juan Planillas debería de ponerse al habla con su homólogo en Córdoba, el toledano don Demetrio, este sí obispo de veras, para que le explique no lo del incendio que es cosa menor entre tanto mal, sino la resistencia numantina que lleva años ejerciendo contra quienes quieren arrebatarnos el patrimonio, para ponerlo al servicio de sus negocios societarios de aquí y del otro lado del Mediterráneo. Pues, lo de la Catedral cordobesa daría para varios tratados extensos de cómo actúa la delincuencia política, siempre pro islámica y cesarocalifal.

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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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