CITA BIBLIÓFILA

F. Garrido • 28 de septiembre de 2025

CITA BIBLIÓFILA


© Fernando Garrido, 2025

 

21 de septiembre

Querida, como casi cualquier otro domingo, rastro de bagatelas empecinadas. Más libros viejos a cambio de una brusca moneda. No busco. Me busca. Lo veo. Lo miro. Lo agarro. Me fijo. Apenas lo ojeo. Bien. Tengo la moneda. Lo pago. Marcho a cualquier otra parte donde no quieran vernos.

Tomamos asiento en la babia urgente. El librito y yo. Lo acomodo entre mis manos. Lo hago mío. Lo contemplo. Verde, estampado, por fuera. Vegetales y un rostro de niño, fantasmal. Colección Índice, ficción. Rústica de bolsillo. Editorial Sudamericana S. A., Buenos Aires. 72 hojas de papel. Amarillento. Tinta desvaída. Amarronada. Su olor es el acostumbrado. Petricor seco de viejo baúl abandonado en desván. Hecho el depósito 11.725, que previene la ley.

Breve novela de autor muerto que, cuando vivo, manuscribía traicionando la ortografía castellana. Él no inventó “la raspa”, pero era un hombre con bigote, moreno y de frente arrugada. Viajó de blanco radiante, como una novia, a Estocolmo con un liquiliqui en la valija. La sabiduría, su colmo, le llegó cuando de nada le servía.

Al libro, lo que es del libro. Lleva puesta una cita de “Antígona”, parrafada preliminar y sin gratuidad. Un bando cruel. Un aviso premonitorio. Luego, un prólogo narrativo. Después, once capítulos que ocurren en un día. En tan sólo media hora. Un miércoles que parece domingo. Son las dos y media de un 12 de septiembre de 1928. Fue año bisiesto. Un ahorcado presente. Yacente, horizontal, sin cinto. Recuerdos y soledades. Hablan tres personas, para sí, en primera persona. Tres generaciones. Han pasado algunas cosas. Anteriores. Vetustas, ¿simbólicas? Quién sabe.

¿Pensamiento mágico, u onírico? ¿Realismo? No tanto, ni tan calvo, ni tan mal. Se imprimió en la Nación Argentina un 28 de octubre en los talleres gráficos de la Compañía Impresora Argentina. Tautológico. En una de esas interminables vías bonaerenses: calle Alsina, 2049. Fue en el año 1970. Cuarta edición. Yo tenía cinco cuando asomaba la hojarasca. Ese es su título. Narrativa. Parida en 1955. Del difunto autor. Colombiano. Con faltas. No de memoria. Tampoco de imaginación. Sí, él se inventó un poblado. Una aldea que crecía. Ahora enorme. Casi que existe. Un punto en el mapa del tesauro literario universal, intersubjetivo, subjuntivo, ultramarino, meridional… Una ciudad estado de ánimo, canicular, habitada de tórridas fantasmagorías polvorientas e inquietantes aves caradriformes con cabeza redondeada, largas patas y grandes ojos amarillos. Ya está.


Aquí Burgos, Castilla, planeta Tierra, a 24 de septiembre, miércoles. Castiza calle de la vía jacobea. Un segundo piso. Sofá. Capítulo undécimo. Acabo. Página 133. En el sofá. Son las 12 del mediodía. En Macondo las 3 en punto cuando cierran la caja. Con clavos. “Ahora todos los alcaravanes se pondrán a cantar”. Punto final.

Quietos ahí. Frigorífico. Un pepinillo. Dos. Vuelvo sobre sus alas. Sofá. A la novena página. La inicial. Flash back liminar. Precuela de 461 palabras, 2.298 caracteres en cursiva. Ahorita soy un alcaraván guajiro con pepinillos agridulces en el estómago.

Leo para vos. Comienza:

De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca”.

Respiro.

Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos; rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil

Es demasiado verosímil. Inspiro y continúo.

La hojarasca era implacable. Todo lo contaminaba de su revuelto olor multitudinario, olor de secreción a flor de piel y de recóndita muerte”.

Suspiro. Doy un salto. Al final de prólogo.

La hojarasca (…) logró unidad y solidez; y sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra. (Macondo, 1909)”.


Adiós. Fin de la cita.


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© Fernando Garrido, 2026 Ya desde los tiempos de godos, mozárabes, mudéjares y moros, afiladas lenguas hebreas comentaban que sería posible crear un bosque bien arbolado de leña seca, reuniendo en él todos los lignum crucis adquiridos por abades, obispos, nobles y reyes para el tesoro de cenobios, basílicas o palacios, y contemplar al mismo tiempo una babilónica rosaleda de espino rejuntando las reliquias de la spinea corona custodiadas en guardapelos a lo largo y ancho de la cristiandad. En aquellos lejanos siglos amorfos de exuberantes pestes, de morbos inexplicables, de terribles mitos y crímenes de lesa supervivencia, no existía inseguridad en nada, porque simple y llanamente no se sabía que era el estar seguro, así que la incertidumbre no formaba parte del ánimo antropológico, sino que constituía el sentimiento mismo, el estado básico, radical, inconsciente y reptiliano sobre el que se construían las conciencias empíricas y el espíritu moral elevado a inefable misterio trascendente. La naturaleza toda tenía un valor oculto, animado y sacro. Lo pequeño podía sustituir a lo enorme y vencer su resistencia, así como lo enorme troceado era igual y lo mismo que el todo y lo absoluto.
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